La semana musical en Lima se había convertido en una odisea personal, un viaje sonoro que abarcaba la sutileza del metal progresivo, la audacia post-punk y ahora, el estruendo inconfundible del thrash metal. Después de la complejidad sinfónica de Dream Theater y la genialidad experimental de Public Image Ltd., la llegada de Megadeth prometía ser el clímax de esta travesía. Y a diferencia de la íntima comunión vivida con Lydon en el Centro de Convenciones de Barranco, esta noche en Costanera 21 se anunciaba masiva, un auténtico torbellino de energía donde miles de almas se congregarían para el que, según los rumores, sería el rugido final de una de las bandas más influyentes del género. La expectativa era palpable, un denso telón de anticipación que se cernía sobre Lima, no solo por la promesa de una descarga de thrash, sino por la incógnita de un setlist que abriría la gira latinoamericana y, quizás, cerraría un capítulo legendario.
Para un amante del heavy metal como yo, la música no es solo un acompañamiento, sino el sonido de fondo de la vida misma. Mi hogar fue siempre un crisol de melodías, un espacio donde, desde los 13 años, me nutrí de una vasta colección de discos que abarcaban desde la música clásica hasta boleros, pasando por los Beatles y la música criolla. Mis padres, sin ser melómanos puristas, poseían una riqueza musical que construyó mi paladar auditivo. Mi hermano exploraba su propia senda con Depeche Mode o B-52s, pero yo aún no había encontrado esa fijación particular, esa chispa que encendiera mi propia pasión.
Hasta que un día, un vecino trajo a casa unos discos importados que cambiarían mi universo sonoro para siempre. Había uno de Krokus, con una carátula de dos coches chocando y un sonido que recordaba a AC/DC, pero fueron los dos álbumes de Ozzy Osbourne –Blizzard of Ozz y Diary of a Madman– los que detonaron una explosión en mi mente. Fue mi génesis. Inmediatamente me volví un fanático. La experiencia se magnificó gracias a un equipo Pioneer que mi padre había ido adquiriendo módulo a módulo en la extinta Electrónica Wink: un tocadiscos, casetera doble, ecualizador, reverberador, mezclador… una maravilla de la tecnología de la época. Al poner el disco y escuchar los primeros acordes de “Crazy Train“, mi cabeza explotó. No solo la música, sino la imagen. Ver a Ozzy, con esa estética transgresora de Drácula, la sangre brotando de su boca, fue chocante. Pero lejos de sentir miedo, sentí una fascinación inmediata, el inicio de una inmersión profunda en un mundo de sonidos y estéticas que ya nunca me abandonarían. El heavy metal había encontrado su camino en mi vida, y no había vuelta atrás.




En aquellos años de juventud, mi búsqueda de información sobre el heavy metal era incesante. Empecé en librerías, y luego, para mi fortuna, comenzaron a llegar a los quioscos revistas especializadas, como la mítica Hit Parader. Era una publicación americana buenísima, con portadas a todo color que glorificaban a iconos como Judas Priest, AC/DC, Ozzy Osbourne, Def Leppard e Iron Maiden. Pero fue en las páginas interiores, ya en blanco y negro, donde mi curiosidad encontró un nuevo camino. Allí, entre las noticias y reseñas más concisas, se nombraban bandas emergentes que estaban forjando un nuevo sonido: Metallica, Mercyful Fate, Manowar, Helloween. Y con el tiempo, a esa lista se unirían Metal Church y, por supuesto, Megadeth.
De todas ellas, Metallica fue, obviamente, la que primero capturó mi atención. Su irrupción fue un terremoto en la escena, y su sonido, una progresión natural desde el impacto inicial de Ozzy. Pero la semilla de Megadeth ya estaba sembrada, esperando el momento adecuado para germinar y reclamar su propio espacio en mi imaginación musical. La historia del thrash, con sus ramificaciones y rivalidades internas, todo.
Mi inmersión en el metal se profundizó aún más con el descubrimiento de Megadiscos, una tienda mítica ubicada en el Centro Comercial Arenales. Aquel lugar se convirtió en un templo de peregrinación. Recuerdo una anécdota particular: habíamos quedado impactados por la película Amadeus y, al ver que vendían el doble LP de Mozart, ideamos un “ardid” para mi padre. Lo llevamos allí, y él, generoso, nos dijo: “Escojan un long play para cada uno”. Como locos, nos abalanzamos. Yo escogí el disco de Dokken, Tooth and Nail, y mi hermano, Let Them Eat Metal de The Rods, dos joyas que sonaban constantemente en Radio Doble Nueve, en el programa de Patty Plant. Luego vinieron compras de Grim Reaper y un sinfín de bandas más. Megadiscos era una caja de sorpresas, porque muchas veces comprábamos guiándonos por la portada o por las pequeñas reseñas y los anuncios en las últimas páginas de las revistas como Hit Parader, donde empresas como Megaforce Records promocionaban a las “nuevas bandas emergentes del Bay Area”.
Con la doble casetera de nuestro equipo Pioneer, la posibilidad de grabar era infinita, y mis amigos comenzaron a “picotear” un poco de nuestra creciente colección. Mi hermano y yo llegamos a tener más de cien long plays importados, cada propina invertida en expandir ese tesoro musical.
Fue así como finalmente conseguí a Metallica, y la experiencia fue brutal. Recuerdo a mi profesor de matemáticas, un melómano con gustos muy específicos que se inclinaban hacia Genesis, King Crimson, Camel, Brand X o Jean-Luc Ponty. Con cierto escepticismo, le hice escuchar el álbum Ride the Lightning. Al inicio, con sus pasajes acústicos, comentó: “Oye, pucha, es metal, pero esta banda tiene algo distinto”. Esa fue la primera señal de que el thrash metal, y particularmente Metallica, estaba marcando una nueva pauta, incluso para oídos habituados a la complejidad del progresivo. El sonido era diferente, crudo, potente, pero con una composición que prometía algo más allá de la mera agresividad.







El camino hacia el thrash estaba claramente delineado, y Megadeth tardó un par de años más en llegar a mis manos. Recién pude conseguirlo en mi primer viaje a Miami para visitar a familiares. Me llevé cuatro long plays que se convertirían en piezas fundamentales de mi colección. Uno era el Garage Days Re-Revisited de Metallica, un EP con versiones de bandas como Killing Joke, Diamond Head y Misfits. Otro fue el The Dark de Metal Church. Y lo más importante, los dos primeros álbumes de Megadeth: Killing Is My Business… and Business Is Good! y Peace Sells… but Who’s Buying?. Con ellos en mi poder, la historia de cómo la intensidad de Dave Mustaine se manifestaría en su propia banda estaba a punto de desplegarse, marcando el inicio de mi inmersión personal en el universo de Megadeth.
Al escuchar estos álbumes en mi tocadiscos, la conexión con Metallica era innegable. Megadeth seguía una línea similar, ese thrash rico en matices, dinámico, veloz y virtuoso. Los pasajes complejos que se entrelazaban en sus composiciones me hacían evocar, de alguna manera, la agudeza y la conmoción de piezas de música clásica, aunque con una identidad y una agudeza auditiva muy particular. Era evidente que eran “cuña del mismo palo”, bandas que compartían una misma raíz de excelencia musical, algo que, a mi juicio, diferenciaba a Megadeth de otras agrupaciones thrash que se sentían más “básicas” en comparación.
Ya en aquel entonces, la leyenda de la rivalidad entre Mustaine y Metallica era un tema de conversación recurrente: los rumores de su despido por “borracho” y otros excesos, la animosidad que se respiraba. Y la propia voz de Dave Mustaine era un reflejo de esa ira y personalidad. No era una voz virtuosa en el sentido tradicional, pero tenía un carácter inconfundible, una cólera contenida que impregnaba cada palabra que pronunciaba con un énfasis único. Era como escuchar a un “Pato Donald renegón y malvado”, con esa singular cualidad que lo hacía inconfundible y parte esencial de la identidad de Megadeth.
Con el pasar de los años, algo que distinguí y aprecié profundamente de Megadeth fue su inquebrantable lealtad a su propio lindero musical. A diferencia de Metallica, que en ciertas etapas pareció ser influenciado por las tendencias de la época –como el grunge que proclamaba la “muerte del metal” (aunque evidentemente no lo estaba)–, Megadeth mantuvo su filosofía y su actitud intactas. La banda de Mustaine se aferró a su identidad, perfeccionando su sonido sin claudicar ante modas pasajeras. El ejemplo perfecto de esto fue el álbum Youthanasia. Este disco, con su formación increíble –Marty Friedman en la guitarra, Nick Menza en la batería y, por supuesto, Dave Ellefson en el bajo, compañero de Mustaine por décadas– me encantó. A pesar de los años y los cambios en la industria, Megadeth seguía entregando un thrash metal complejo, virtuoso y cargado de personalidad, demostrando que su evolución era interna y fiel a sus propios principios.
Megadeth siempre produjo álbumes de gran nivel, quizás con algunos con un poco menos de brillo, pero siempre fieles a su esencia. Y en el centro de todo, la figura de Dave Mustaine, un personaje que en las entrevistas se mostraba terminante, con ideas muy claras, decisiones fuertes y una disciplina férrea que cohesionaba al grupo en torno a su visión musical. No era un líder fácil, no un compañero dócil, pero yo lo veía como una persona honesta consigo misma, directa y veraz, sin buscar agradar a nadie en particular. Esa ha sido su evolución, una trayectoria forjada en la autenticidad y la resistencia.
Y así, tras años de escuchar su música, la oportunidad de verlos en vivo finalmente se presentó. Ya no recuerdo cuántas veces he tenido la fortuna de presenciarlos, pero hay una fecha que quedó grabada a fuego: 2008. Aquel año, Megadeth tocó por primera vez en Lima, en la Explanada del Estadio Monumental. Para mí, ese concierto fue mucho más que un evento; fue la génesis de un movimiento en Perú. En aquella época, los foros en línea eran el epicentro de la comunidad, antes de la explosión de las redes sociales. Recuerdo el foro “megadeth.com.pe“, que con el tiempo evolucionó para convertirse en “heavymetal.com.pe“, la página de Facebook donde ahora colaboro y que hoy cuenta con más de 92,000 seguidores. Aquel concierto mítico de 2008 no solo fue mi primera experiencia en vivo con Megadeth, sino que encendió la llama para una comunidad que ha seguido creciendo y vibrando con el metal en Perú. Fue un hito, un antes y un después para la escena local.
La segunda visita de Megadeth a Lima, creo que alrededor de 2010, no fue tan masiva. El Perú, en cierto sentido, parecía “castigado” por esta menor afluencia. Era una tendencia que también se observó con Iron Maiden en su segunda visita: una especie de “ya los vi” generalizado, una mentalidad que impedía que la gente comprendiera que cada concierto es una experiencia única y merece ser vivida plenamente. Esta indiferencia inicial significó que pasaran muchos años antes de que volvieran por tercera vez, lo que ocurrió en 2024, aunque lamentablemente no pude asistir.
Sin embargo, mi camino me ha llevado a ver a Megadeth en escenarios legendarios alrededor del mundo. He tenido la fortuna de presenciarlos dos veces en la meca del metal, el Wacken Open Air en Alemania. También los vi en España, en el festival Leyendas del Rock. Y en 2013, en un evento que se siente casi surrealista, los presencié en México, abriendo nada menos que para Black Sabbath en el Foro Sol. Imagínense, Megadeth como teloneros de los padrinos del metal; una verdadera joya para cualquier fanático. Cada una de estas experiencias ha reafirmado mi admiración por la banda y por la inquebrantable visión de Dave Mustaine.
Y ahora, esta gira es anunciada como su despedida, su posible última vez. Aunque entiendo las razones –los problemas de salud con los nervios de la mano, la edad y todo lo que ello conlleva–, tengo la esperanza de que no sea un adiós definitivo. No veo a Dave Mustaine haciendo otra actividad; su vida son los escenarios. Por más que a veces su semblante parezca reacio a la interacción, e incluso haya anécdotas de amigos que en hoteles lo vieron pedir que no le tomaran fotos, para luego cambiar su actitud y volverse amable. Es cierto que no le agradan las efusividades excesivas, los abrazos o el trato de “amigo” que algunos fans buscan, prefiere mantener su distancia. Pero sí aprecia y agradece profundamente cuando la conexión y la forma de abordarlo son sinceras, incluso accediendo a una foto con una genuina gratitud. Esa es la complejidad de Mustaine, un líder con una visión inquebrantable cuya esencia reside en la música y en el escenario.
Con la edad, Dave Mustaine también ha evolucionado, a veces incursionando en polémicas que, a mi parecer, carecen de malicia. Su abierta declaración de ser republicano o un cristiano renacido –recuerdo que en una ocasión no aceptó tocar junto a la banda griega Rotten Christ–, muestra cómo las personas cambian, aunque su música se haya mantenido firme en sus temáticas. Sus letras nunca han sido catastrofistas por el catastrofismo mismo; sus abordajes sobre políticos y las realidades del mundo han sido, y siguen siendo, visionarios. Es evidente que el mundo, lejos de mejorar, ha empeorado en ciertos aspectos, y las reflexiones de Megadeth sobre la amenaza nuclear de los ochenta, o las posteriores mutaciones de esos temores, siguen siendo dolorosamente relevantes. Sus letras, a menudo críticas, son inteligentes y perspicaces.
Con toda esta historia y estas reflexiones a cuestas, la verdad es que espero verlos esta vez, con muchísimas ganas. Este concierto es más que un simple evento; es un reencuentro con una parte fundamental de mi historia y con una banda que, a través de Dave Mustaine, ha sabido mantenerse honesta y potente a lo largo de décadas.
Megadeth en Lima: El Concierto despedida (CIERRE ÉPICO)
Y por fin llegó la noche. El escenario de Costa 21 respiraba una energía que se palpaba en el aire: casi 10.000 almas reunidas, cerrando una semana histórica de conciertos en Lima. Después de la intimidad con PiL y la complejidad de Dream Theater, esta noche prometía ser la descarga final de puro THRASH METAL, en lo que se anunció como la última gira de Megadeth.
Aunque llegué cuando ya habían comenzado, perderme las primeras notas no empañó el momento. Al entrar al recinto, la atmósfera era imparable. El repertorio elegido para inaugurar la gira latinoamericana fue una selección maestra que recorrió más de 40 años de historia:
Setlist:
- Tipping Point
- Hangar 18
- Wake Up Dead
- Skin o’ My Teeth
- I Don’t Care
- She-Wolf
- Sweating Bullets
- Angry Again
- Dread and the Fugitive Mind
- Trust El MOMENTO FEELING!
- A Tout le Monde
- Tornado of Souls
- Let There Be Shred
- Mechanix LA MÁS ESPERADA
- Peace Sells… but Who’s Buying? El MOMENTO DE LAS BENGALAS
- Symphony of Destruction MEGADETH PERÚ ES MEGADETH!!
REGALO FINAL AL PÚBLICO:
17. In My Darkest Hour (AÑADIDA EXCLUSIVAMENTE POR LA GRANDEZA DEL PÚBLICO LIMEÑO)
18. Holy Wars… The Punishment Due
Temas como “Hangar 18” y “Wake Up Dead” mostraron esa virtuosidad rica en matices, esa mezcla de velocidad y complejidad que tanto me recordaba a la música clásica.
“Trust” fue una sorpresa, el intro de batería y la intensidad creciente de la canción, la hizo ser la más feeling del concierto, rostros de agradecimiento eran palpable, la acústica y el bajo que dieron luego al clásico solo de guitarra que hizo saltar al respetable con todas sus fuerzas.
Ante semejante atmósfera y conexión con el público peruano, empiezan los clásicos acordes acústicos a cargo del finlandés, Teemu Mäntysaari para dar paso a “Tout Le Monde” un himno muy personal de Mustaine quien canta en forma reflexiva y existencial , sobre la fragilidad de la existencia y la aceptación del final con un estoicismo y claridad absoluta, cobrando total sentido su síntesis de ver la vida pasar ante los ojos, el deber cumplido con todos sus planes a pesar de los riesgos y costos que ello implicó, muy emocionante el notable cambio en el tono del registro pasando de la interpretación introspectiva y melancólica a un cierre enérgico y eufórico, para dar paso al pogo y bengalas en “Tornado of Souls” con sus veloces riffs y un arrasador como virtuoso solo de guitarra.

El colorado, visiblemente emocionado y gustoso hasta se animó a hablarnos en español: ok hello , hola, mi español es muy malo para mí, luego dijo : I want to say: I Love You, para en broma retarnos anunciando que el próximo concierto va a ser en Colombia para luego sonreír mientras sonaba fuerte ” Perú, Perú” subiendo la apuesta aún más , con: “Beautiful People”, “Beautiful Sky”, “Beautiful Stars”, – en serio colorado, que te han dado antes del concierto? – nunca le he visto tan distendido, poco más nos dice, “mis pescados”, “mis cholos”, sanos y sagrados jajajaja
Escuchar “Mechanix” en vivo, pagó la entrada, fue un momento cargado de significado. Allí estaba, en toda su crudeza, esa canción que marcó el origen de todo: la raíz compartida con Metallica, la furia de Dave Mustaine, esa voz inconfundible, llena de cólera y verdad. Fue la confirmación de que Megadeth siempre fue “cuña del mismo palo”, pero con una personalidad única que nunca claudicó ante modas, sonó cruda, ultra veloz, sucia y ochentera desatando salvajes pogos y una reactivación de energía para Mustaine, quien no dio descanso alguno con “Peace Sells”, no pude evitar recordar mi adolescencia: los discos importados de Miami, las lecturas de revistas, el descubrimiento de esta banda que, a diferencia de otros, nunca abandonó su filosofía, la batahola fue descomunal, ocho bengalas pude contar al mismo tiempo, y es probable que más, como en la zona B, y en videos que los fans han compartido, filmadas en el mismo epicentro de estas , se ve algo ritual, salvaje, comunitario y tribal. gloriosa visión de tantas bengalas, juntas que con tanto humo parecía el incendio de Roma por Nerón, mientras multitudes gritaban hasta la disfonía “Peace Sells but Who’s Buyng” cuanta verdad visionaria en esas palabras, erizo la piel.
Las masas entregadas siguieron en furor colectivo coreando el ya clásico “Megadeth, Megadeth Perú es Megadeth” de “Symphony of Destruction” ya para que, fue otro pico de emoción heavy thrasher pura.
Pero aún faltaba la sorpresa de la noche “In My Darkest Hour”. Tras una deliberación de Mustaine con sus compañeros a vista de todos , decidieron regalárnosla ya que no estaba en el plan original, pero la entrega del público limeño fue tan inmensa que se la ganaron. Fue el reconocimiento a una comunidad que nació precisamente aquí en 2008 (su primer show en Perú), y que demuestra que Lima SABE DE METAL.
Y para cerrar, “Holy Wars”: el himno absoluto. Allí estaba Dave Mustaine, con sus achaques, con su carácter intransigente, pero SIENDO ÉL MISMO: directo, sincero, distante pero agradecido. Porque a pesar de su gesto severo, en el fondo ama esto: LOS ESCENARIOS SON SU VIDA.
Esta noche no fue solo un concierto. Fue el cierre de un ciclo personal que comenzó a mis 13 años con Ozzy Osbourne y ese equipo Pioneer de mi padre. Fue el reencuentro con esa esencia que Megadeth siempre defendió: AUTENTICIDAD.
¿Será realmente la última vez? Yo sigo creyendo que es solo una pausa, un HIATUS. Porque alguien como Dave Mustaine, inquieto y apasionado, NO PUEDE DEJAR DE HACER MÚSICA.

Mientras salíamos de Costa 21, con los oídos zumbando y el corazón a mil, supe que viví algo histórico. La semana soñada: PROGRESIVO, PUNK Y THRASH, todo en Lima. Y Megadeth, con su legado intacto, nos demostró una vez más que EL METAL NO MUERE, SÓLO SE TRANSFORMA.
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