Para cualquier metalero, ver el logo de #Obituary en un flyer es una cita obligatoria con la historia. Al cumplir 35 años de trayectoria, la pregunta caía por su propio peso: ¿Qué significa esta banda para nosotros? La respuesta es simple y aplastante: brutalidad pura, un doble pedal que te marca el pulso cardíaco y riffs que se incrustan en el cerebro, dándole voz a esos pensamientos retorcidos que uno suele callar.

La expectativa era alta y el Kantaro no decepcionó; el recinto tembló desde los cimientos. Fue una noche de culto. Fue gratificante ver a toda la escena que valora el metal histórico, reunida en un solo lugar. El inicio fue una descarga sensorial: luces blancas cegadoras que nos sumergieron en una atmósfera de caos.
Lo que más impacta de Obituary es su fidelidad sonora. El placer máximo de un fan es ir a un concierto y soltar un: “¡Mierd@! Suenan exactamente igual que en el disco”. No hubo trucos, solo ejecución perfecta.
Dos momentos marcaron la pauta de la noche:
”Slowly We Rot“. Aquí la voz de John Tardy suena tan visceral como en 1989. El sonido de las guitarras tiene ese tono podrido y denso que solo ellos logran, con una distorsión que te golpea como un bloque de cemento.
Cuando sonó ”Chopped in Half” La batería de Donald Tardy es una máquina de demolición, te obliga al mosh; el doble pedal es tan preciso que se siente en los huesos, demostrando que el paso del tiempo solo ha afilado su técnica.

Kenny hipnotizando con sus solos. Trevor y Terry Butler : pura leyenda.
La energía fue cruda y Lima demostró que el metal sigue más vivo que nunca.

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